
Ven, pequeño, no me dejes.
Habita el torrente de mis venas,
hazte cargo de mis brazos y mis piernas;
corre, salta, sueña y lanza tu pelota.
Mora mis risas y mis lágrimas.
No te dejes vencer por mi silencio;
retoza en mi espíritu, dibuja una flor,
embarra de merengue mi cansancio.
Permíteme quedar imberbe,
cálido y frágil… inocente.
No dejes que el mañana me abandone
a un pasado irremediable.
Junta de mí los pedazos
que te encuentres por ahí,
llévalos al mar y haz con ellos
castillos de arena
donde las olas vengan a jugar.
Ven, pequeño, niño sempiterno.
Haz que este paso por mi vida
no lo tome tan en serio
y que hasta la muerte sea
tu más voraz travesura.
No te escondas, no te olvides.
Asómate al balcón de mi sonrisa
y así el mundo podrá verte como soy,
aunque mi piel me desmienta
en la incredulidad del espejo.
No te vayas, niño pequeño,
porque el día en que te marches…
ese día me haré viejo.
Habita el torrente de mis venas,
hazte cargo de mis brazos y mis piernas;
corre, salta, sueña y lanza tu pelota.
Mora mis risas y mis lágrimas.
No te dejes vencer por mi silencio;
retoza en mi espíritu, dibuja una flor,
embarra de merengue mi cansancio.
Permíteme quedar imberbe,
cálido y frágil… inocente.
No dejes que el mañana me abandone
a un pasado irremediable.
Junta de mí los pedazos
que te encuentres por ahí,
llévalos al mar y haz con ellos
castillos de arena
donde las olas vengan a jugar.
Ven, pequeño, niño sempiterno.
Haz que este paso por mi vida
no lo tome tan en serio
y que hasta la muerte sea
tu más voraz travesura.
No te escondas, no te olvides.
Asómate al balcón de mi sonrisa
y así el mundo podrá verte como soy,
aunque mi piel me desmienta
en la incredulidad del espejo.
No te vayas, niño pequeño,
porque el día en que te marches…
ese día me haré viejo.

