
La ventisca me trae a la costa
y el cielo posa en mis hombros
su azul manchado de nubes.
Debo estar cerca de tu viejo nombre
repitiéndose como de costumbre
en un lugar sagrado como éste.
El recurso de la memoria
es tú único camino hasta mí;
pero no insistas, yo ya no vengo,
estoy tan lejos que tu arena no me toca,
tus ojos se han disuelto en el alba,
ya no los encuentro.
Una pesada niebla se hizo cargo del paisaje
donde antes eras la piel de los domingos
y la sal de las aguas.
No entiendo tus regresos
y, aunque prometí mi ausencia,
esta tarde, otra vez, acataré el mar.
¿Qué he de querer?



