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¿QUÉ HE DE QUERER?

domingo, 20 de diciembre de 2009 en 20:00:00


La ventisca me trae a la costa
y el cielo posa en mis hombros
su azul manchado de nubes.

Debo estar cerca de tu viejo nombre
repitiéndose como de costumbre
en un lugar sagrado como éste.

El recurso de la memoria
es tú único camino hasta mí;
pero no insistas, yo ya no vengo,
estoy tan lejos que tu arena no me toca,
tus ojos se han disuelto en el alba,
ya no los encuentro.

Una pesada niebla se hizo cargo del paisaje
donde antes eras la piel de los domingos
y la sal de las aguas.

No entiendo tus regresos
y, aunque prometí mi ausencia,
esta tarde, otra vez, acataré el mar.

¿Qué he de querer?

NO PONGAS TU CARA AL VIENTO.

miércoles, 28 de octubre de 2009 en 20:00:00

No pongas tu cara al viento que el alma se te deshoja;
deja que tus ojos sean sólo de esta noche larga;
noche de Luna invisible y de ramas blanquecinas;
noche de estrellas frías que repiten el mismo cielo.

Tú me pediste el invierno y yo te traje al otoño
y tu piel quedó al abrigo de mis manos indecentes;
manos que fueron muertas a la sombra de tu vientre;
manos resucitadas cuando aprendieron a verte.


Y es el viento, que te trae visos de madrugadas
errantes de oscuridades y tiempos que te olvidaron,
el que reclama la angustia en tus poros encendidos;
es el viento el que te apaga la silueta con sus aires.

Y tus ojos no me miran a pesar de tu deseo.
Tus oídos no me escuchan a pesar de mi silencio
y yo sigo muriendo de humedades en tu cuerpo
que gira como un planeta perdido, desorbitado.

¿Qué no darían las horas que suspendes en tu lecho
por un gemido infinito de tu pecho, al fin confeso,
mientras los labios expanden su locura sin defectos
en un beso que trastoca los cálidos alientos?

Yo lo daría todo, ninfa de los recuerdos.
Yo lo daría todo menos la sed que te tengo.
Ya no mires en tus sombras que no encontrarás el tiempo.
No pongas tu cara al viento que el alma se te deshoja.

A MI PADRE.

domingo, 27 de septiembre de 2009 en 20:00:00


No sé por qué te recuerdo
mucho más en aquellas noches
artificialmente oscuras.
No podía ver tus ojos
con la claridad debida,
no podía ver tus labios,
pero veía las cosas
luminosas que decías.
Y era difícil callarte
a ti que de hablar vivías
vidas lejanas pero propias,
tan propias como la mía.
No sé por qué te recuerdo
cierta tarde en cierto almuerzo
o camino a casa de la abuela
la casa de tus memorias,
de tus viejas fantasías,
o sentado en aquel parque
que fue tu mejor promesa
para después de la lluvia,
para después de la vida,
esa vida que de anhelos
sin morada se moría.
No sé por qué te recuerdo
en una canción que nunca oíste,
caminando en otras calles,
en otro instante, en otro tiempo
muy distante de tus huesos,
de tus sagrados deseos
y hasta puedo confesarte,
sin recato y sin vergüenza,
que ya no creo en las patrias
y otros cuentos parecidos
y que seguimos conversando
a pesar de todo…
de tu partida…
todavía.

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