Digan lo que digan los relojesyo dejaré este mundo una mañana.
Será como volverse caminante
del áureo despertar ya sin ventanas.
Será, porque será, eso lo juro;
es la única promesa consumada,
aunque todos los dioses la nieguen
el día llegará irrevocable.
Convocaré la luz en mi frontera,
allí donde se cumple el horizonte,
donde se acaban lánguidos los vientos
de viejas, silenciosas primaveras.
Sacudiré mi ego y seré libre,
pues me abandonarán de un solo golpe
amantes, posesiones, tierras, cielos,
caminos, transeúntes y obsesiones.
Y llegaré a ese tiempo inevitable
y cubrirán de flores mi desierto
y llorarán algunos llantos frescos
y otros seguirán siendo inmortales.
No importa, por sabido, no le temo
¿Qué puedo yo sentir después de entonces?
Impuesto está ese hado al nacimiento,
sombrío es el enigma del sosiego.
Pero ahora que recuerdo quizás tengo
encadenado al alma un solo miedo:
dejar el universo esa mañana
y que el olvido ostente mi apellido.

