
Me quedó entre las manos el atávico silencio,
ese que dejaba su policromía en las paredes
o derramabas sobre las losas del piso de nuestro cuarto,
porque hablabas poco de lo que pasaba adentro,
allí donde tus negruras eran sólo para ti.
y yo no quise nunca abrir aquel pecho
donde escondías quién sabe cuánta pena,
quién sabe cuánta dicha, quién sabe…
Lo cierto es que en las noches,
después de los sudores del amor,
recostabas tu cabeza amarilla sobre mi pecho pretencioso
y cantabas tu silencio con ese aire de princesa sin castillo,
con una voz tan dulce que, resignados mis oídos,
quedaba satisfecho de aquellas muertes sin palabras,
de aquel murmullo de respiración
que conquistaba la atmósfera
a través de tus labios entreabiertos.
Y así te recuerdo,
muda de sonidos en tu alma hasta el día en que partiste
y yo, deteniendo la urgencia de una súplica aterrada,
ese que dejaba su policromía en las paredes
o derramabas sobre las losas del piso de nuestro cuarto,
porque hablabas poco de lo que pasaba adentro,
allí donde tus negruras eran sólo para ti.
y yo no quise nunca abrir aquel pecho
donde escondías quién sabe cuánta pena,
quién sabe cuánta dicha, quién sabe…
Lo cierto es que en las noches,
después de los sudores del amor,
recostabas tu cabeza amarilla sobre mi pecho pretencioso
y cantabas tu silencio con ese aire de princesa sin castillo,
con una voz tan dulce que, resignados mis oídos,
quedaba satisfecho de aquellas muertes sin palabras,
de aquel murmullo de respiración
que conquistaba la atmósfera
a través de tus labios entreabiertos.
Y así te recuerdo,
muda de sonidos en tu alma hasta el día en que partiste
y yo, deteniendo la urgencia de una súplica aterrada,
desde la ventana, vi como alejabas tu silueta bajo el sol
y me quedé callado quizás por la costumbre,
quizás por la certeza de que quien calla otorga:
fuiste feliz.
y me quedé callado quizás por la costumbre,
quizás por la certeza de que quien calla otorga:
fuiste feliz.


