
En ese tiempo yo no me esperaba,
había partido, pero sin caminos,
puse un pie en la espera y el otro fingió el paso
como si tratara de creer que amanecería.
Me recuerdo en una tarde,
una de esas tardes que no dejan de serlo nunca,
con los ojos hinchados
y las manos tratando de conciliar el sueño
de mis dedos insomnes
que buscaban una piedra, la primera,
para tallar con las uñas su olvidada huella.
Me recuerdo también habitando un planeta
tan pequeño que no tenía horizontes,
y yo me sentaba sobre sus volcanes
para ver pasar la silueta de nadie.
En ese tiempo había que llorar,
más no había tierra ni para las lágrimas
que anegaron el único corazón disponible:
el mío, ese corazón saturado de latidos,
poseído por los demonios
de mis jóvenes vértebras.
En ese tiempo yo aprendí a respirar sombras,
a beber el agua de las hojas secas
y me alimentaba del néctar de mis tumbas.
En ese tiempo, luego de mucha sangre recorrida,
encontré mi piedra, la primera,
la arrojé tan lejos que perdí la muerte
y fue a caer allá, de repente,
sin que fuera un sueño, junto al horizonte.
había partido, pero sin caminos,
puse un pie en la espera y el otro fingió el paso
como si tratara de creer que amanecería.
Me recuerdo en una tarde,
una de esas tardes que no dejan de serlo nunca,
con los ojos hinchados
y las manos tratando de conciliar el sueño
de mis dedos insomnes
que buscaban una piedra, la primera,
para tallar con las uñas su olvidada huella.
Me recuerdo también habitando un planeta
tan pequeño que no tenía horizontes,
y yo me sentaba sobre sus volcanes
para ver pasar la silueta de nadie.
En ese tiempo había que llorar,
más no había tierra ni para las lágrimas
que anegaron el único corazón disponible:
el mío, ese corazón saturado de latidos,
poseído por los demonios
de mis jóvenes vértebras.
En ese tiempo yo aprendí a respirar sombras,
a beber el agua de las hojas secas
y me alimentaba del néctar de mis tumbas.
En ese tiempo, luego de mucha sangre recorrida,
encontré mi piedra, la primera,
la arrojé tan lejos que perdí la muerte
y fue a caer allá, de repente,
sin que fuera un sueño, junto al horizonte.





