
De pronto un día te posaste sobre el deseo de todos,
enjugaste algunas lujurias en tus ojos enormes
que cantaban, cantaban y bailaban
una música muy tuya que te empezaba en los dedos,
pero nadie supo nunca dónde terminaba.
Bien sabías que en tus alrededores
había un modo en que nuestros sexos inventaban el tuyo
mientras conservabas tu sitio en las alturas,
filosofando y hablándonos de aquellos tres extraños:
Carlos, Federico y Vladímir,
¡Qué aburrido todo eso!
Pero tus piernas, que te bajaban desde el cuello
hasta rozar suavemente el piso, valían la pena.
Tú dictabas larguísimos epítomes
y nosotros copiábamos tus senos,
resolvíamos tu boca, ensayábamos tus nalgas,
y compendiábamos tu cuerpo sumando las miradas:
así aprendimos mucho a morirnos de las ganas.
Después hubo una apuesta,
alguien que ya no pudo soportarte misteriosa
se lanzó a dilucidarte y te caíste de tu altura
como una fruta que alivia la mano del hambriento;
Mas todo se supo porque era imposible
no hablarte, no decirte, no contarte, no alardearte,
no presumir una lid con tus huestes ardientes…
y la noticia llegó a oídos sordos, muy sordos
y de pronto un día ya no te posaste
y sólo quedaron entre nosotros el deseo olvidándote
y aquellos tres extraños: Carlos, Federico y Vladímir.
enjugaste algunas lujurias en tus ojos enormes
que cantaban, cantaban y bailaban
una música muy tuya que te empezaba en los dedos,
pero nadie supo nunca dónde terminaba.
Bien sabías que en tus alrededores
había un modo en que nuestros sexos inventaban el tuyo
mientras conservabas tu sitio en las alturas,
filosofando y hablándonos de aquellos tres extraños:
Carlos, Federico y Vladímir,
¡Qué aburrido todo eso!
Pero tus piernas, que te bajaban desde el cuello
hasta rozar suavemente el piso, valían la pena.
Tú dictabas larguísimos epítomes
y nosotros copiábamos tus senos,
resolvíamos tu boca, ensayábamos tus nalgas,
y compendiábamos tu cuerpo sumando las miradas:
así aprendimos mucho a morirnos de las ganas.
Después hubo una apuesta,
alguien que ya no pudo soportarte misteriosa
se lanzó a dilucidarte y te caíste de tu altura
como una fruta que alivia la mano del hambriento;
Mas todo se supo porque era imposible
no hablarte, no decirte, no contarte, no alardearte,
no presumir una lid con tus huestes ardientes…
y la noticia llegó a oídos sordos, muy sordos
y de pronto un día ya no te posaste
y sólo quedaron entre nosotros el deseo olvidándote
y aquellos tres extraños: Carlos, Federico y Vladímir.


